Detrás de ti

*Dedicado a Paulina H. R.

Mi lugar en la realidad tiene un punto de ubicación: tú.
Alrededor mío sólo veo un paisaje de cariño que me extiendes, y detrás de ti van formados los demás, el mundo, el tiempo, el espacio, la prioridad, la agenda, el camino a recorrer, la vida de un árbol, el olor de un pétalo, el sonido de la lluvia, el rayo de sol que nunca muere, el brillo de mil estrellas.
Detrás de ti esperan su turno, las celebraciones, los festejos, la ocasión adecuada, la carrera por trascender, la calle que no sirven como guía para llegar a tus ojos, el horario que no me permite apreciar tu existencia.
Todo aquello que no eres sólo tú, puede ser olvidado, rescindido de su justo momento, desechado de mi interés, puesto en medida para que se agote a sí mismo.
Pero creo estar siendo muy soberbio; no quiero disponer las cosas de cierta manera. Insisto, cariño: lo demás no me importa. Si tu me lo permites, sólo quiero estar delante de ti, para que veas el paisaje de cariño que estoy extendiendo más allá de mi ser. Somos dos puntos en un mismo espacio. Somos dos momentos fusionados con el último fin de estrechar su esencia. Somos juntos, somos en donde estamos, somos lo que vivimos, somos en dos para uno, somos en compartirnos, somos así, somos tú y yo, somos nosotros, somos por lo nuestro.

La Música

*Dedicado a una linda niña malosita que amo.

Nosotros, también somos la música. Nos desplegamos como sonidos blancos en espacios inhabitados donde la luna no alcanza su inquisitiva vigilia. Nos desprendemos del aire, de la acústica permanente de esta ciudad, y nos volcamos en melodías bajo ritmos exquisitos. Somos el origen de la danza, la antigua metáfora de encuentros cadenciosos entre dos universos mágicos que se niegan a existir por separado. Somos una armonía cósmica, un coro de afecto, una polifonía que componemos cada día con las miradas, con los besos, con las caricias que nos vamos registrando en el cuerpo y en la memoria. Somos el color de la música: hacemos de nosotros mismos un himno desde nuestra piel. Yo que tomo tu cuerpo, y tú que tomas el mío, como una pauta donde escribimos la canción más eterna que ha habido en el mundo. Te canto porque es necesario abrir mi voz a tu aliento que suena a un bello instrumento, para que al final de cada concierto, siempre volvamos a ensayar y practicar la misma sinfonía agridulce recordando que nosotros somos la música.
Dime, lector, alguna vez, cómo el metal puede chillar de gusto.

Yo te sugiero dos posibilidades mínimas:

La primera tiene que ver con la fricción que un pañuelito desencadena cuando un músico de orquesta filarmónica o sinfónica, limpia su instrumento con el más delicado cuidado y decoro.

La segunda cuando pones a un fan o músico de Doom, o de Death/Black, o tal vez a uno de Speed o Trash, en el sótano de una casa, le proporcionas los cartones suficientes de cerveza, le llevas unas chicas "malhabidas" y lo encierras entre diez toneladas de bocinas que como volumen máximo en las perillas tienen el 11.

Las demás formas las dejo a tu gusto y consideración.